Espantoso. El café era espantoso. Le puso dos cucharaditas de azúcar, pero igual era intomable.
Es verdad que en este bar de mala muerte al menos debería haber pedido una cerveza, pero no quería estar tomando alcohol cuando Catalina llegara, no sabía bien qué iría a tomar ella. Ya bastante estaba arriesgando al invitarla a este lugar, pero era lo mejorcito del pueblo para invitar a salir a alguien, incluso en una primera cita.
Claro, el lugar ideal hubiese sido el bar del hotel, pero como ambas trabajaban allí, era complicado. No tanto porque, justamente, era el lugar laboral de ambas, sino que en un pueblo tan chico que una mujer invitara a otra mujer... Bueno, también podrían modernizarse un poco, más allá del tamaño del pueblo. Al menos acá podían estar más escondidas, la disposición del bar y la iluminación ayudaban, y la gente tendía a meterse en sus propios asuntos.
Dudó, y le puso una cucharadita más de azúcar al café. Ahora era algo caliente que no se parecía a nada, pero seguía intomable.
Quizás debería haber llegado a la hora justa y no pedir nada, pero estaba demasiado nerviosa como para llegar y que ella ya estuviera allí. Quería evitar la situación de entrar al bar y que Catalina ya esté sentada, la viera, y tuviese que recorrer el camino hasta ella, saludar, y entender cómo venía la mano. También, se dio cuenta, prefería evitar la desilusión directa de un desplante. Si estaba desde antes, al menos iría gradualmente dándose cuenta que no vendría.
Le mandó un mensajito, "Cata, ya llegué, estoy cerca de la ventana de atrás", medio de hospitalidad, medio rogando confirmación de que ella realmente iba a venir.
Le puso una cucharadita más de azúcar al café, sintiendo que si con eso no era pasable, ya no tenía sentido tomarlo. Y al mismo tiempo, sintiendo que si lo de esta noche no iba bien, su estadía en el pueblo tampoco tenía demasiado sentido, y que sería momento de buscar nuevos horizontes.
Se abrió la puerta, vio entrar a Catalina, y la cucharita, cargada de azúcar, quedó congelada a mitad de camino.
La vio hacer dos pasos y quedarse cerca de la puerta. Con la cabeza erguida, Catalina miraba lentamente el local. Se le cortó la respiración. La cucharita seguía suspendida en el aire.
Finalmente hicieron contacto visual. Catalina sonrió. Y todo el resto dejó de importarle.
