Recorrido

—Dale, apurate, muñeco de torta —le dijo Daniela.

—Eh, ¡che! —se hizo el ofendido Ramiro—, pero mirá que elegante que estoy.

—Dale, cambiate y vamos

—No, vuelvo a casa vestido así

—¿Viniste así a trabajar?

—No, con los jeans y remera de siempre, pero me cambié al mediodía antes de la reunión con ese cliente que te comenté.

Hizo una pausa y agregó:

—¿No me queda pintado el traje?

—La verdad que sí, pero vamos.

—¿Venis a casa? Nunca querés venir a casa —le reclamó él.

—Es que vivís en la loma del orto.

—Dale, te cocino algo.

Ella se le acercó y lo abrazó, apoyándole los pechos y la pelvis.

—Es que así vestido quiero comerte a vos.

Se besaron. Cuando él quiso avanzar a uno de sus pechos, ella le pegó en la mano.

—¡No! Te aguantás. Dale, vamos a tu casa.

Fueron caminando hasta el subte. Hacer a pie esas doce cuadras era una buena excusa para tomar algo de aire fresco, y de paso llegar a tomar el transporte un poco más tarde, que iba más vacío. Estaba lindo para caminar.

—¿Viste cómo me miró esa rubia? Me queda bien el traje, ¿eh?

—Que mire todo lo que quiera —le dijo Daniela—, la única que agarra soy yo.

Y lo pellizcó en la cola.

Bajaron para tomarse el subte. Tuvieron la suerte que uno estaba por salir.

—¿Viste cómo me dejó el asiento ese muchacho? Sabe reconocer a una persona importante —dijo Ramiro mientras se acomodaba la solapa del traje.

—Dale, boludo —lo retó ella—. Hay más asientos por allá, sólo se corrió para que nos podamos sentar juntos.

—No sé, no sé...

Media hora más tarde se subieron al tren. Por suerte, estaba medio vacío.

—Que suerte que viniste hoy conmigo —continúo pinchándola él—, si viajo sólo, así vestido, no sé si puedo evitar que se me pegue alguna señorita...

Ella lo miró fijo unos segundos.

—Sos un tarado.

Se puso los auriculares y fijó la vista en la ventana.

Caminaron en silencio las siete cuadras de la estación al departamento. Él empezó a hacerle otro comentario pero ella lo miró furibunda, y él se calló a tiempo. Sin embargo, cuando estaban llegando, le largó:

—Bueno, ya estamos acá, ahora sí vas a tener la suerte de desvestir a esta ricurita.

—Imbécil. Siempre lo mismo. Decir que ya se hizo de noche, si no me vuelvo a casa. —Miró para otro lado.

Él hizo una mueca como de desagrado, dejó la mochila, y se metió la mano en el bolsillo del pantalón. Acto seguido empezó a palparse todos los bolsillos del traje, vacíos.

—Uy, me olvidé las llaves con la otra ropa.

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Cómo sacudirla apropiadamente

Hay cosas en la vida que en algún momento uno tiene que aprender a hacer bien. Por ejemplo, aprender a sacudirla. ¡A no asustarse! El procedimiento es sencillo.

El primer paso consiste en hacer un movimiento brusco, nada sutil, para lograr que se desprenda la mayor cantidad de líquido posible. Luego, en general, sigue una pequeña pausa para que el resto se estabilice un poco. Y finalmente se remata el proceso con dos o tres movimientos más sutiles, según se considere necesario, para evitar luego andar goteando por ahí.

Y esa es, entonces, la técnica para sacudir una cucharita luego de revolver el café.

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Mi primer plasmoide

Hacía rato que tenía ganas de ponerme a jugar y armar un plasmoide.

Un plasmoide es un un widget para el escritorio KDE Plasma. Una pequeña aplicación o componente visual (el término técnico es "coso") que se puede agregar al panel y aparece ahí con un gráfico custom (que podría ser un ícono, pero también algo más dinámico), y al final es eso: una aplicación con la que se puede interactuar para enriquecer la experiencia del escritorio.

Hace un par de meses se me ocurrió la excusa. Me sucede mucho que estoy trabajando en la compu y de repente algo pasa con la red. La mejor forma de darme cuenta de la salud de la conexión es abrir una terminal y hacer ping 1.1.1.1.

Para no expertos, eso me dice si llego a una máquina que está en internet que seguro que está funcionando, y me dice cuanto tarda en llegar ahí. Como esa máquina justo es la que me traduce cualquier nombre de dominio (como google.com) en su IP correspondiente (como 142.251.129.46), el tiempo y la calidad de la respuesta es característico de la calidad de mi conexión.

En algún punto pensé que estaría bueno tener algo que esté midiendo periódicamente, y que ante la sospecha de un problema ya tenga la info a la vista. De ahí a que se me ocurra hacerlo como plasmoide, un sólo paso.

Entonces, armé nethealth, un plasmoide que hace exactamente lo que necesitaba.

Network Health

Una vez por segundo hace un ping a 1.1.1.1 (o la IP que le configures), y si el tiempo de respuesta es menor a 10 milisegundos el iconito en el panel apenas se ve, para que no llame la atención para nada.

Pero si ese tiempo se degrada, o directamente no hay conexión, el iconito se puede poner amarillo, naranja, o rojo.

Dejando el mouse sobre el ícono muestra el ping actual. Y haciendo click muestra las últimas mediciones:

Los tiempos de los últimos pings, y el ícono en amarillo porque no es una conexión ideal

El proyecto en Github es este, se puede instalar directamente del proyecto (miren el README), pero teóricamente también lo pueden instalar directamente como cualquier usuario desde el buscador del panel, si tienen Plasma 5, porque lo subí al KDE Store.

¿Se vienen muchos más plasmoides? No creo. Es más, estoy seguro que no.

La experiencia de programar el coso este fue bastante mala. Yo soy fan de Qt, pero estos plasmoides están armados con una combinación de lenguaje interactivo (QML) con algo de javascript para agregarle funcionalidad. Y miren lo que digo, el javascript es lo mejor del combo. QML es pésimo, mal documentado, con todos los ejemplos que nunca funcionan, no sabés qué importar, los errores no ayudan, todo a medio cocinar. No lo recomiendo. Es más, lo des-recomiendo, stay away.

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Cita

Espantoso. El café era espantoso. Le puso dos cucharaditas de azúcar, pero igual era intomable.

Es verdad que en este bar de mala muerte al menos debería haber pedido una cerveza, pero no quería estar tomando alcohol cuando Catalina llegara, no sabía bien qué iría a tomar ella. Ya bastante estaba arriesgando al invitarla a este lugar, pero era lo mejorcito del pueblo para invitar a salir a alguien, incluso en una primera cita.

Claro, el lugar ideal hubiese sido el bar del hotel, pero como ambas trabajaban allí, era complicado. No tanto porque, justamente, era el lugar laboral de ambas, sino que en un pueblo tan chico que una mujer invitara a otra mujer... Bueno, también podrían modernizarse un poco, más allá del tamaño del pueblo. Al menos acá podían estar más escondidas, la disposición del bar y la iluminación ayudaban, y la gente tendía a meterse en sus propios asuntos.

Dudó, y le puso una cucharadita más de azúcar al café. Ahora era algo caliente que no se parecía a nada, pero seguía intomable.

Quizás debería haber llegado a la hora justa y no pedir nada, pero estaba demasiado nerviosa como para llegar y que ella ya estuviera allí. Quería evitar la situación de entrar al bar y que Catalina ya esté sentada, la viera, y tuviese que recorrer el camino hasta ella, saludar, y entender cómo venía la mano. También, se dio cuenta, prefería evitar la desilusión directa de un desplante. Si estaba desde antes, al menos iría gradualmente dándose cuenta que no vendría.

Le mandó un mensajito, "Cata, ya llegué, estoy cerca de la ventana de atrás", medio de hospitalidad, medio rogando confirmación de que ella realmente iba a venir.

Le puso una cucharadita más de azúcar al café, sintiendo que si con eso no era pasable, ya no tenía sentido tomarlo. Y al mismo tiempo, sintiendo que si lo de esta noche no iba bien, su estadía en el pueblo tampoco tenía demasiado sentido, y que sería momento de buscar nuevos horizontes.

Se abrió la puerta, vio entrar a Catalina, y la cucharita, cargada de azúcar, quedó congelada a mitad de camino.

La vio hacer dos pasos y quedarse cerca de la puerta. Con la cabeza erguida, Catalina miraba lentamente el local. Se le cortó la respiración. La cucharita seguía suspendida en el aire.

Finalmente hicieron contacto visual. Catalina sonrió. Y todo el resto dejó de importarle.

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Café

Ya estaba acostada cuando lo oyó. Estaba segura de lo que había oído, ya que todavía no había empezado a entrar en ese estado de transición entre la vigilia y quedarse dormida.

Además, era inconfundible, el único que golpeaba así la cucharita contra la taza de café era Augusto. No podía ser, claro, llevaba muerto una semana. ¿Pero podía ser que ese hijo de puta nunca la iba a dejar en paz? ¿No le había alcanzado con joderle la vida todo ese tiempo, que ahora también iba a venir a romperle las pelotas?

Pero no podía ser, claro.

Se levantó, se puso el deshabillé casi como acto reflejo, se acercó a la puerta del dormitorio y asomó la cabeza, un poco temiendo salir directamente, exponer el cuerpo. Vio parte de la escalera iluminada. ¿Quizás se había olvidado la luz de la cocina prendida? No se acordaba. En general la apagaba pero no era la primera vez que se la olvidaba. El exceso de whisky desde la tarde no ayudaba a estar segura de nada. No se arrepentía, llevaba estas últimas semanas lo mejor que podía.

Es que las peleas eran interminables. Volvían del trabajo y ya empezaban los problemas. Siempre encontraba la excusa Augusto de levantar la voz, de usar las peores palabras, de lastimarla lo más posible. Y después de pelearse él iba y se sentaba en la mesa de la cocina, a tomar café hasta bien entrada la noche, a regodearse en su odio. ¿Cómo había podido llegar a estar con un tipo así? ¿A de algún modo quererlo? ¿Siempre estuvo engañada? Al menos hasta el primer golpe, eso seguro, una semana tuvo hinchado el pómulo.

Salió de la habitación, se acercó al borde de la escalera, y bajó el primer pie. Otro movimiento, y creyó oír un ruido muy sutil, como un roce. No sabía si había sido ella misma. Se quedó quieta, casi con el otro pie levantado, los ojos bien abiertos. Escuchó atentamente, pero lo único que le rebotaba en los oídos era su propio corazón. ¿Había sido ella misma? Seguro. ¿O había alguien en la cocina?

Pero claro, no podía ser.

Tuvo el fuerte deseo, casi la necesidad, de tomar un trago de whisky. Siempre supo que el alcohol era una trampa, pero era la mejor manera que tenía de quedarse dormida antes de que Augusto suba a la habitación. Él, sin embargo, siempre con su cafecito en la mesa de la cocina. Siempre. Era tan previsible.

Siguió bajando la escalera, tratando casi de no pisar los escalones. Al llegar a la planta de abajo se relajó, el piso de cerámica no haría ruido. No escuchaba nada, pero no quería asomarse a la cocina. Eran dos metros hasta la puerta, pero le costaba moverse. ¿Había dejado ella la luz prendida de la cocina? ¿O estaba pasando algo más?

No podía ser, no.

Desde la base de la escalera apenas se veía una esquina de la cocina, iluminada, pero no la mesa de desayuno. Se acercó, lentamente. Iba ganando ángulo de visión, veía la alacena, luego el comienzo de la mesada.

Otro paso más, y logró ver el horno. Estaba la pava sobre la hornalla, pero el fuego apagado. Otro paso más, y alcanzó a ver la pileta de lavar, con los platos sucios que ella misma había dejado. Otro paso más, y llegó a ver la esquina de la mesa.

Otro paso más, y ya no vio nunca más nada.

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