Café

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Ya estaba acostada cuando lo oyó. Estaba segura de lo que había oído, ya que todavía no había empezado a entrar en ese estado de transición entre la vigilia y quedarse dormida.

Además, era inconfundible, el único que golpeaba así la cucharita contra la taza de café era Augusto. No podía ser, claro, llevaba muerto una semana. ¿Pero podía ser que ese hijo de puta nunca la iba a dejar en paz? ¿No le había alcanzado con joderle la vida todo ese tiempo, que ahora también iba a venir a romperle las pelotas?

Pero no podía ser, claro.

Se levantó, se puso el deshabillé casi como acto reflejo, se acercó a la puerta del dormitorio y asomó la cabeza, un poco temiendo salir directamente, exponer el cuerpo. Vio parte de la escalera iluminada. ¿Quizás se había olvidado la luz de la cocina prendida? No se acordaba. En general la apagaba pero no era la primera vez que se la olvidaba. El exceso de whisky desde la tarde no ayudaba a estar segura de nada. No se arrepentía, llevaba estas últimas semanas lo mejor que podía.

Es que las peleas eran interminables. Volvían del trabajo y ya empezaban los problemas. Siempre encontraba la excusa Augusto de levantar la voz, de usar las peores palabras, de lastimarla lo más posible. Y después de pelearse él iba y se sentaba en la mesa de la cocina, a tomar café hasta bien entrada la noche, a regodearse en su odio. ¿Cómo había podido llegar a estar con un tipo así? ¿A de algún modo quererlo? ¿Siempre estuvo engañada? Al menos hasta el primer golpe, eso seguro, una semana tuvo hinchado el pómulo.

Salió de la habitación, se acercó al borde de la escalera, y bajó el primer pie. Otro movimiento, y creyó oír un ruido muy sutil, como un roce. No sabía si había sido ella misma. Se quedó quieta, casi con el otro pie levantado, los ojos bien abiertos. Escuchó atentamente, pero lo único que le rebotaba en los oídos era su propio corazón. ¿Había sido ella misma? Seguro. ¿O había alguien en la cocina?

Pero claro, no podía ser.

Tuvo el fuerte deseo, casi la necesidad, de tomar un trago de whisky. Siempre supo que el alcohol era una trampa, pero era la mejor manera que tenía de quedarse dormida antes de que Augusto suba a la habitación. Él, sin embargo, siempre con su cafecito en la mesa de la cocina. Siempre. Era tan previsible.

Siguió bajando la escalera, tratando casi de no pisar los escalones. Al llegar a la planta de abajo se relajó, el piso de cerámica no haría ruido. No escuchaba nada, pero no quería asomarse a la cocina. Eran dos metros hasta la puerta, pero le costaba moverse. ¿Había dejado ella la luz prendida de la cocina? ¿O estaba pasando algo más?

No podía ser, no.

Desde la base de la escalera apenas se veía una esquina de la cocina, iluminada, pero no la mesa de desayuno. Se acercó, lentamente. Iba ganando ángulo de visión, veía la alacena, luego el comienzo de la mesada.

Otro paso más, y logró ver el horno. Estaba la pava sobre la hornalla, pero el fuego apagado. Otro paso más, y alcanzó a ver la pileta de lavar, con los platos sucios que ella misma había dejado. Otro paso más, y llegó a ver la esquina de la mesa.

Otro paso más, y ya no vio nunca más nada.

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